Penélope, reina de Ítaca


La costa embravecida, el rugido del viento y las nubes negras aplastan con su peso el cuerpo de la reina. Con rostro sombrío, sus lágrimas se habían secado hacía ya muchos años; dejó de ser una niña que se lanzaba en llantos durante la noche. Pronto descubrió que llorar no le dejaba nada. Era en vano. 


Pero si ella no lloraba por esas muchachas, ¿quién más lo haría? Cuando cerraba los ojos, aún podía ver sus delgadas piernas bambolearse con el horroroso sonido de la cuerda en sus cuellos. Sentía náuseas al recordar esa pesadilla. Les había fallado; ella era una reina, prometió proteger a todos allí, pero en el momento en que él y su hijo pusieron sus pies aventureros en la isla, rompió esa promesa. 

Era una reina, una reina sin poder. 

Los pasos de Berenice eran pesados, lo suficiente para que su reina la escuchara llegar. Se detuvo abruptamente y, a una respetuosa distancia, esperó su orden. Desde hacía tiempo le era fiel. Sin ella, sería nada más que una solterona que cuidaba a sus padres ancianos; sus hermanos se marcharon con su rey cuando apenas eran unos muchachos con bellos en sus cuerpos. 

—Mi reina, la servidumbre está preocupada. Desapareció antes del alba. 

—¿Por qué se preocupan por mí? Ya no me están sirviendo, su lealtad está con mi esposo, su rey. 

Berenice dudó en responder, pero su lealtad también yacía en la honestidad. En todo ese tiempo, aprendió que el arte de gobernar no yacía sobre cualquiera. Allí, en su pequeña isla rocosa, fueron afortunados. 

—Porque usted es nuestra reina Penélope, quien nos ha protegido durante años, quien no dejó que este pequeño reino se colapsara, quien con su ingenio espantó a los buitres que quisieron alimentarse de las ruinas de nuestros hogares. Puede que su esposo sea nuestro rey, pero usted es nuestra protectora. 

—¡¿Proteger?! ¡Yo ya no puedo proteger a nadie! Me sumergí en una bruma de mentiras que me dije y al final yo misma las creí. 

En el silencio que las invadió, Penélope supo cuándo su leal Berenice se marchó. Pero no se quedó sola, no con ella deambulando en cada rincón como si fuese la dueña de la isla. Le gustaba aparecer y desaparecer como una sombra en la noche; no venía a ti cuando la llamabas, pero creía que te bendecía con su presencia cuando no la estabas buscando. Ahora,

se paseaba como un muchacho andrajoso para que todos los que la vieran se apartaran de su camino. 

—Creí que harías algo mejor que contemplar el mar como si fueras a tirarte a su abrazo en cualquier momento. Poseidón desdeña a las mártires, le da más placer a aquellas que dan pelea para mantener su cabeza a flote. 

—Y yo creí que se habría marchado a jugar a otro lado. Aquí ya no hay nada divertido que ver. —Cuidado niña, aún puedo hacer tu vida más miserable. 

—¿Más aún? Entonces la muerte ya no sería terrible ¿no le parece? 

—Pero sería aburrido. No es propio de ti ser aburrida de tener alrededor. Los humanos son extremadamente exagerados, dramáticos. 

Penélope deseaba volver a su soledad, perderse en el sonido de las olas del mar, escuchar el viento cantar. Envidiaba a los pájaros que podían huir cuando había peligro. Si tuviera que nacer de nuevo, les pediría ser un ave. Era un tanto irónico, querer volar por los cielos; cualquiera pensaría que el mar era parte de sus sueños, simplemente porque lo lleva en su sangre gracias a su madre. Pero no le agradaba el agua; el mar era una jaula donde los hombres merodeaban a su antojo. 

—Vamos, niña, no te quedes callada. Odio los silencios incómodos; di algo. 

Luego de un suspiro profundo, sintiendo que su vida era como una copa con las últimas gotas de vino y sin quitar los ojos del mar, Penélope se animó a preguntar. 

—¿Usted puede verlas? ¿Puede ver sus espíritus deambular por la isla? 

—¿Niña, acaso me confundes por Hades? No sé dónde deambulan sus espíritus; no es mi territorio. Los mortales hacen las preguntas más estúpidas: “¡Oh, mi diosa, ¿podré alguna vez derrotar a mi enemigo? ¿Alguna vez esta guerra se acabará?”. ¡Augh! Mis oídos se tapan por tantas incoherencias. 

—¿Eso somos para ustedes? ¿Meras insignificantes molestias? 

—No trates de ganar mi simpatía con lástima. Soy una diosa del Olimpo; mi existencia es infinita como el firmamento. 

—No trato de ganar su simpatía, simplemente quiero comprender, comprender por qué no hizo nada, por qué dejó que él les hiciera eso. 

—Para nosotros, algunos mortales pueden ser como mariposas: frágiles y bellas, agradables de observar, incluso sabiendo que son algo efímero en este mundo. Pero hay otros mortales que son como moscas: molestas y asquerosas, que solo sientes el deseo de aplastar.

—¿Y usted decidió que ellas eran moscas? ¿Así? ¿Así de simple? 

La diosa, que estaba acostumbrada a los llantos vacíos de lágrimas de aquellos mortales que suplicaban clemencia como si se tratara de un canto desafinado, pudo distinguir el verdadero dolor en Penélope. La reina de Ítaca era una criatura misteriosa para ser una simple humana; lloraba por otros humanos aún más insignificantes que ella. A los mortales les gustaba creer 

que los dioses podían ser empáticos, pero la verdad era que la empatía era una emoción puramente humana. Los dioses podían sentir otras cosas, como odio, amor, ira, deseo, pero la empatía, como el miedo, venían del entendimiento de la fragilidad de la vida. Y los dioses no podían ser conscientes de eso; era como pedirles a las montañas que fuesen conscientes del paso del tiempo. 

Eso eran los dioses: montañas, inalcanzables y eternas como el monte Olimpo. 

—Yo no decidí eso; en el fondo, sabes que nada tuve que ver. Creo que la respuesta te asusta tanto a pesar de haber sido testigo. Para ustedes siempre va a ser más fácil echarnos la culpa.-- la diosa, con aburrimiento paso de mirar a Penélope a observar la costa, y continuo— Recuerda, niña, que muchas de las aventuras que ustedes dicen que tenemos solo son historias contadas por los hombres, y casi siempre esas historias están creadas para no aceptar sus propios errores. No creas que estamos tan pendientes de sus vidas como les gusta pensar. 

Con su rostro siendo acariciado por el viento, Penélope pudo sentir cuando ese muchacho huesudo, con voz grave y aires de grandeza, desapareció. Allí se quedó, la gran reina de Ítaca, sola, con sus remordimientos y la ira que la carcomía por dentro como una enfermedad. ¿Pero qué más podía hacer, si era nada más que una mujer en un mundo consumido por los hombres? Sí, ella era una reina, pero lo sería hasta que un día su esposo o su hijo dijeran que ya no podía serlo. Todo ese linaje corriendo por su sangre, ¿para qué? Para ser despojada de todo poder en el momento en que a un hombre se le ocurriera. 

No era una sirena o una bruja, era nada más que una esposa y una madre. 

Mientras el sol estaba en lo alto, Penélope esquivó a su esposo e hijo como si fueran animales peligrosos. Pero, incluso ella, sabía que los depredadores tienden a encontrar y arrinconar a sus presas. No existía un rincón en su hogar en el que pudiera estar a salvo. No se sorprendió que fuese su hijo quien le pusiera fin a ese juego de escondidas en que ella era participante renuente. 

—Madre, te he estado buscando. ¿Qué haces aquí? 

Penélope observó a su hijo con atención, absorbió cada mínimo detalle. No entendía cómo no se había percatado antes de lo mucho que se parecía a su padre. De pronto, su cuerpo instintivamente reaccionó a ese conocimiento. El miedo se arremolinó en su estómago; se sentía acorralada, atrapada en esa pequeña habitación que era usada como bodega. Jamás creyó que un día estaría asustada de su propia carne. En una plegaria silenciosa, imploró que

los cielos y los dioses la perdonarán si rompió el más precioso de los votos de entrega total que una madre tiene para con su hijo. 

—Solo… quería un poco de tranquilidad. Desde que tu padre regresó, todo ha sido un caos. 

—¿Un caos? Hablas como si el que haya regresado, mi padre, tu esposo, fuera algo malo. ¿Acaso no estás contenta, madre? ¿No estás aliviada de que tu amado esposo esté otra vez en su hogar? 

Su hijo era un niño, un niño que no comprendía cómo funcionaba el mundo real. Era un niño jugando a ser hombre, jugando en el mundo de los adultos. ¿Acaso hizo tan mal trabajo al criarlo?, la reina de Ítaca se cuestionó con dureza. Temía con todo su ser que las circunstancias en las que había sido educado lo convertirían, eventualmente, en un hombre jugando a ser un rey. Y ese momento llegaría, le gustase a ella o no. 

—El mundo no vuelve a nacer solo porque tu padre volvió a su hogar. La vida sigue; los problemas existirán incluso con él aquí. 

—¡¿Pero qué dices, madre?! ¡Claro que no habrá más problemas! ¡Ya no tendremos tus pretendientes rondando el trono! ¡Paseando por aquí como si fueran los dueños! 

Justo ahí, ese pequeño cambio. Al igual que una tormenta acercándose de repente, así era el temperamento volátil de su hijo, que podía pasar de ser un rescoldo a media lumbre a una intensa llamarada, peligrosa, capaz de devorar con violencia un bosque. Y los de su alrededor se convertían en víctimas, ramas secas que avivan las llamas. 

—¿Mis pretendientes? ¿Todo este tiempo pensaste que yo sentía felicidad de tener buitres revoloteando en mi propio hogar? ¿Crees que me ahogaba de placer temer por la vida de mi familia y la mía? ¿Qué clase de monstruo piensas que es tu madre? 

Joven príncipe, así una vez lo llamaron cuando fue llevado por la nodriza para ser alimentado, un niño que nació con una corona, destinado a la grandeza, a grandes aventuras y a que su nombre sea susurrado por el viento y por otros como él en el campo de batalla. Un niño que nació para sentarse en un trono y que caminaba por el mundo bajo sus propios términos. Fue en ese preciso momento que Penélope lo comprendió, cuando una oscuridad como la noche nubló los ojos de ese joven que dio a luz, comprendió por qué le temía y por qué estuvo evadiendo su presencia. 

Para su hijo, todos eran moscas. Él dictaba las reglas y las personas debían apegarse a su papel; quien no lo hacía era el enemigo. Ese joven príncipe estaba culpando a Penélope por las desgracias de la familia; ella había roto las reglas. 

—¿Por qué me miras así, madre? 

—Porque no reconozco al niño que llevé en mis entrañas. No conozco… a ese dulce e inocente bebé que se convirtió en este hombre.

—¿Pero qué dices? Soy tu hijo, soy el hijo de tu amado esposo, el príncipe de Ítaca. 

—Lo eres, eres hijo de mi esposo, eres hijo de Ítaca… eres mi hijo, pero no estoy segura de si soy tu madre. 

Cada pedazo de carne en el cuerpo de Penélope se estremeció, sus huesos se estremecieron, sus pensamientos se desvanecieron; todo su ser convulsionó en pequeñas lágrimas. A pesar de ver a su madre en profundo dolor, ese muchacho que creció corriendo por la isla para aferrarse al dobladillo de las túnicas de la mujer que le dio a luz, la contempló con frío rechazo. 

—¿Me tienes miedo, madre? Responde, ¿me temes? 

—Sí, lo hago. Porque seré tu madre hasta que decidas que ya no lo soy. Porque acabo de entender que, para mi amado hijo, todos somos como moscas… fáciles de aplastar. 

—Los hombres tienen razón; las mujeres caen en palabras melodramáticas cuando son histéricas. Solo una débil mujer podría estar escondida aquí, llorando cuando su amado esposo regresó. 

—¿Los hombres? ¿Quiénes? ¿Hombres como tu padre, que abandonan a su familia por la gloria de la batalla y la excitación de una aventura? 

—¡No te atrevas a ensuciar el honorable nombre de mi padre! ¡El rey de Ítaca! ¡Tu rey! —Bramó el joven, tirando en su arranque de rabia unas vasijas con vinagre. 

La pequeña bodega se inundó de un agudo e intenso hedor. Penélope deseaba que fuese el hedor del vinagre, pero era otra cosa; era el hedor del miedo, de la rabia y de la ira descontrolada, todo mezclado en un aroma casi putrefacto. ¿Es así como las presas huelen cuando los predadores andan merodeando? Se sintió como un pequeño conejo, con el corazón latiendo como un tambor, sabiendo que las fauces de un lobo estaban cerca. 

—¿Todo ese sentimentalismo débil es por esas esclavas muertas? Porque desde que ya no están, has estado histérica, merodeando nuestro hogar como ratón herido. ¡Deberías estar extasiada por el retorno de tu esposo! No te has comportado como una leal esposa, madre. Nos estás avergonzando a todos. 

La forma tan despectiva en que ese niño jugando a ser hombre habló de las mujeres que lo cuidaron y alimentaron, como si hubiese tirado pequeñas piedras al mar, golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago de Penélope, dejándola sin aire. 

— Ellas... eran mi familia... 

— ¿Qué? ¿Acaso te escuché bien, madre? ¡Ellas no eran tu familia! ¡Fueron unas alimañas traicioneras! ¡Sucias putas que mancharon mi hogar! ¡Mancharon el hogar de tu rey!

— ¡Ellas fueron la única familia que tuve en este rincón olvidado del mundo! ¡Cuidaron de mí! ¡Cuidaron de mi hijo! ¡Mis entrañas me duelen al saber que di a luz a su verdugo! 

El dolor era casi insoportable para la reina de Ítaca. Con brazos temblorosos rodeó su estómago, sacudiéndose en agonía. Nunca nadie le advirtió sobre el dolor de enfrentar el horror de haber traído al mundo un monstruo. 

— ¡No puedo concebir la idea de que traje al mundo a la mano que borró sus sonrisas de la faz de la tierra! 

— ¡Ya basta! ¡Ya basta, madre! ¡Compórtate! Pareces una bestia, no una reina. Humillas a nuestra familia, me humillas a mí, tu hijo. 

— ¡Que los cielos me digan cómo es que aún no ves la magnitud de tus acciones! 

— ¿Mis acciones? Mis acciones son las de un príncipe, las acciones de un futuro rey. Tú más que nadie deberías comprender. 

Había cierto vacío oscuro y frío en los ojos de ese futuro rey. ¿Acaso el mundo vuelve crueles a los hombres? ¿Acaso los reyes se desentienden de la humanidad para gobernar a su pueblo? 

— ¿Quién eres? ¿Quién es este joven que está frente a mí que ve guerras donde quiera que vaya y ve enemigos en todas las personas que lo rodean? 

Con voz plana, alejada de toda emoción, ese joven respondió: 

— Soy el hijo del rey de Ítaca. Y tú, madre, deberías comportarte como una verdadera reina. 

Entre duras y ásperas paredes de piedras que raspaba la piel, que una vez fue joven y tersa, Penélope se arrastró hasta el suelo. Su cuerpo era un manojo de huesos endebles que ya no le respondía, era puro dolor. El dolor de parto hecho conciencia, la conciencia de dar a luz a un desconocido, que estaba desesperado por escuchar su nombre siendo susurrado por otros hombres parecidos a su padre. 

Estaba aterrada de ese niño, jugando con las vidas de aquellos que eran indispensables por la búsqueda de esa leyenda. Porque al final de todo, los hombres querían eso, ser gloria, ser nombre entre los hombres, ser guerrero de batallas legendarias y victoriosos en guerras sin tiempo con dioses tomando bandos. 

Los hombres deseaban eso, existían solo para eso. ¿Pero qué sucedía con ellas? Las que se quedaban en tierras ásperas que arañaban las manos convirtiéndolas en carne y sangre, aquellas que le rogaban a los cielos por esperanza, que lloraban a los muertos y les sonreían a los recién nacidos. Aquellas que continuaron el ciclo infinito de la vida, sin dioses acompañándolas, porque ellas creían que los dioses estaban con los hombres en las batallas, porque creían que los habitantes del Olimpo solo ponían sus ojos feroces en cosas más importantes. ¿Qué esperaban esas mujeres? Mientras estaban en desventaja contra los

elementos cuando los hombres se marchaban en cada barco esperando la bendición del viento para que les regalase aventuras. El único deseo ferviente, pensó Penélope con desolado corazón, que esas mujeres tenían, era el de protección. Algo tan simple y a la vez tan lejano, algo que ni siquiera ella, como su reina, les pudo dar. 

— Tus lágrimas no van a convertir moscas en mariposas. Tu hijo será verdugo por muchos años más, a los mortales les gusta cómo eso les da la sensación de poder. Les ayuda a probarse a sí mismos y ante otros. 

Era la primera vez que se presentaba en su verdadera forma, aunque siempre supo que era ella quien deambulaba en el reino. No importaba cómo fuera su disfraz, si un niño vagabundo o una anciana casi moribunda, no existía piel extraña que pudiese ocultar la majestuosidad de una diosa. Tenía una voz profunda como el mar bravo y suave como la primera brisa de una mañana calurosa. El cuerpo de Penélope vibraba de la misma forma que lo hacía una cuerda, pensó que era el poder de esa diosa, el mismo poder que llevaba a los hombres a la batalla y emanaba libre desde su interior. Delante de la hija del Monte Olimpo, se vio más como una niña que fue encontrada por su madre mientras jugaba a las escondidas. 

Y ciertamente Penélope se estaba escondiendo, se escondía de las preocupaciones del mundo, de la fallida familia que había creado; de los monstruos y pesadillas que la esperaban. Desde ese rincón de la bodega, se percató de que la Diosa se había materializado como bruma de mar y nubes tormentosas que flotaban sobre su cabeza. 

— Si no derramo lágrimas por ellas, nadie lo hará... para mí fueron mariposas... brillantes y hermosas que revoloteaban a mi alrededor e hicieron mi vida más llevadera. 

— Aun así no entiendo, las lágrimas no resuelven nada. Son imprecisas y efímeras... ¡Ja! ¡Efímeras como los mortales! Como dije antes, es divertido tenerte alrededor, me hace pensar en las cosas más graciosas. 

Hubo un largo silencio solo llenado por los movimientos aletargados de los fuertes miembros de esa majestuosa deidad, tenía hombros musculosos y anchos como los de un guerrero y las piernas fuertes y largas. De todas formas era increíblemente hermosa, incluso si no se trataba de la diosa de la belleza y el amor, la reina de Ítaca nunca posó los ojos en algo o alguien más bello que ella. No existía belleza terrenal que se pudiera comparar con los eternos residentes del Olimpo. 

— Niña, aunque el tiempo sea un proceso infinito para mi gente, no deseo perderlo aburriéndome en este pedazo de roca que llaman Ítaca. Por eso he venido en mi forma real para alentarte a hacer lo que siempre has querido. Perseguir lo que tu corazón oculta y más anhela. 

Había una media sonrisa en ese impecable rostro que Penélope vio entre sus empapados ojos, y se asustó. Le asustó lo atraída que estaba por las palabras que retumbaron entre esas paredes ásperas; cuán atraída se sentía en ese momento en dejarse llevar por lo que le podían ofrecer, pero, en cambio, quiso saber, y con voz seria preguntó.

— ¿Esto es lo que ustedes hacen? ¿Le susurran al oído a los mortales sus más profundos, oscuros deseos e inalcanzables sueños, solo para divertirse? 

— Niña, lo que susurramos en voz alta no son tan profundos, oscuros e inalcanzables como a los mortales les gusta creer. Las historias que los hombres cuentan son simplemente excusas que usan para mentirse a sí mismos. Y en el fondo lo sabes, es por eso que no has podido estar al alrededor de tu embaucador esposo. 

— Me preocupo por mi esposo, me alegra que estés a salvo —respondió la reina de Ítaca con incómodo estoicismo. 

— ¡Claro que estás feliz que esté a salvo! Pero eso no quita que ya no lo quieras a tu lado. ¡Oh, no te molestes! Como dije antes, no hago más que susurrar en voz alta en tu oído. Pero las dos sabemos qué tan a la superficie de tu corazón vive ese oscuro deseo. 

— ¿Qué es lo que realmente busca de mí? No soy una de las criaturas que los dioses tienen por mascotas. 

— Oh, mi niña, no tienes idea qué tipo de criatura eres. Dijiste que para ti todos son mariposas, para mí eres la más rara de ellas. Por eso no puedo permitir que los mortales que llamas familia corten las alas de mi preciada mariposa. 

— No quiero escuchar lo que usted quiere susurrar... no importa si soy una reina, nadie me salvará de un destino trágico... para ellos soy una piedra que tiran al mar desde la orilla... Soy esposa y madre hasta que decidan lo contrario. No tendré la protección de nadie, terminaré como esas muchachas. 

— Jamás me tomaría el trabajo de presentarme en mi forma real sin un plan, sin un gran truco, sin la protección de mi presencia que te respalde. 

La diosa, con suma delicadeza, tomó el rostro de Penélope. Entre sus manos parecía acunar a un recién nacido, frágil, vulnerable y respirando por primera vez en el mundo. 

— Es hora de demostrarle a tu embaucador esposo y a tu desagradecido hijo quién es la persona más inteligente en este reino. Volveré a vestir una piel extraña y les daré el sueño profundo del Olimpo para llevar a cabo el plan que está en tu corazón. 

Nunca sintió el apoyo de nadie más, no de los dioses, no de su esposo, ni de su propio hijo. La diosa de la sabiduría y la estrategia, la verdadera fuerza de las guerras, le estaba ofreciendo el plan que tanto tiempo esperó. Una fuerza tan antigua como la primera tormenta y las primeras 

aguas del océano se apoderó de su interior. Y por primera vez en años, permitió que su corazón le guiase. 

Cuando finalmente salió de la bodega, se encontró de frente con Berenice, esa joven que, con su cuerpo robusto y afiladas habilidades con el arco, parecía un soldado. La seguía con el sigilo de una sombra. La miró en silencio.

—Necesito hablar con todas las esclavas, cada joven, mujer y anciana que trabaja bajo este techo. Diles que necesitaré su ayuda, pero aclarales que no es una orden, que no recibirán ningún castigo si se rehúsan. 

—Mi reina, cualquiera que sea su deseo, todas nosotras estamos dispuestas a cumplirlo, sin importar las consecuencias. 

La reina de Ítaca, quien una vez fue vista como una niña extranjera que nada sabía sobre la dura vida en esa rocosa isla, miró a su súbdita con ojos encapotados por las lágrimas. Entendía el sacrificio que estaba pidiendo, comprendía lo que les pedía arriesgar. Pero ahí estaba Berenice, la hija de granjeros, con hermanos mayores que siguieron a su esposo a la guerra y nunca volvieron, devolviéndole la mirada con la misma fiereza de alguien que se prepara para una batalla sangrienta sin el favor de los dioses. 

—¿Cuál es su orden, mi reina? 

Conteniendo las lágrimas, por primera vez verbalizó su plan y respondió: 

—Diles que preparen el banquete más grande que este reino haya visto. Ah, Berenice, diles que les daremos a nuestros invitados el mejor vino, un vino digno de héroes. Que hasta los mismísimos dioses amarían. 

No era el primer banquete que Penélope había organizado. Conocía el familiar estruendo de la cacofonía de los hombres hablando a través del placer de la comida y el vino, conocía el almizcle del aroma que se elevaba por encima de ellos. Pero esta no era una cena cualquiera; esta era especial, porque por primera vez, su hijo adulto y su esposo estaban sentados en la misma mesa, siendo los buenos anfitriones que se esperaba que fuesen. Y junto a ellos, ella también cumplía su papel a la perfección, siendo la madre cariñosa y la esposa leal que todos fuera del reino habían escuchado que era. 

—¡Mis leales hombres! ¡Fuertes itacenses, que han protegido mi reino, brindo por ustedes! —el rey gritó con atronadora voz—. ¡Y gracias a mi querida y fiel esposa por este maravilloso festín! 

Una burlona sonrisa cruzó el rostro de la reina, tan sutil que nadie a su alrededor la notó. Los fuertes y leales hombres por los que su esposo brindaba solo habían sido leales a su codicia, y ahora que estaba de vuelta el amo de la isla, le habían rendido tributo y fidelidad. Penélope por fin veía sus verdaderos rostros, que solo respetaban el nombre de ese hombre embaucador que admiraban. El rey tenía a sus hombres, fieles, fuertes y sedientos por ser parte de las historias susurradas por otros hombres, pero ella tenía a sus mujeres, fieles, inteligentes y sedientas de libertad. Ella no necesitaba que contaran historias, ella ya era parte de una y no le gustaba cómo quedaba parada. La habían llamado de muchas formas: princesa, niña inútil, mocosa llorona, madre incompetente y esposa leal, pero nunca la llamaron como ella se merecía ser llamada.

Con un simple gesto con la cabeza que ella dio, las jóvenes apostadas a lo largo del salón comenzaron a llenar las copas de los comensales con el vino bueno, como todos allí lo llamaban. Uno a uno dieron un largo sorbo para complacer a la dueña de casa, para complacer a su rey que los agasajaba. Le sonrió a su marido y luego a su hijo, el primero satisfecho y el segundo calmado, pensando que su pobre e histérica madre finalmente había entrado en razón. 

A este punto, Penélope se regocijó al ver a todos caer como moscas y desplomarse sobre los enormes platos de comida. Aun así, el placer más rotundo se lo dio el hombre que engañó a los dioses, al verlo darse cuenta de que fue sorprendido en su propia casa. 

Ella no era una persona violenta, no aprendió a dar un puñetazo o usar una daga o espada. Sus manos eran un tanto frágiles pero no le impidieron hacer trabajo duro, y a su edad la piel también estaba tan surcada como la tierra que muchas veces ayudó a arar. Eso no le impidió gozar del sonido que esa mano frágil hizo cuando golpeó el rostro de su marido. 

—¡Despierta! 

Los ojos que engañaron tanto a hombres como a seres celestiales la miraron con furia, aun así, él mantuvo la compostura. Tomó un par de parpadeos para que notara que estaba en la bodega, maniatado a una silla. Incluso no le importó ver también a su hijo en la misma situación. 

—¿Esto es una clase de broma de mal gusto? 

—No, querido esposo, esto es tú y yo tratando de llegar a un acuerdo. 

El esposo de Penélope rió como si tal cosa fuese lo más gracioso que hubiera escuchado en su vida. Cuando ella no buscó aclarar sus palabras, su risa se tensó como se tensan las cuerdas que amarran a un barco en el muelle. 

—¿Tratas de decirme que es una clase de rebelión? ¿Hecha por quién? ¿Por ti? 

Penélope escuchaba el tono burlón e incrédulo de su marido. El más grande embaucador, cuyas historias contaban hombres en cada rincón de cada reino, no concebía la idea de que era víctima de un engaño. Después de todo, se veía a sí mismo como el hombre más inteligente del mundo conocido por los mortales. 

Las miradas de ambos se trabaron. Era un juego de dos que Penélope no estaba dispuesta a perder; arriesgaba mucho: el futuro del reino y no solo su vida, sino la de muchos inocentes. Para ella, todas las personas de Ítaca eran mariposas, su existencia tenía valor.

—Querido esposo, ambos sabemos que tu regreso no se debió a tu añoranza por esta tierra. Luego de veinte años de deambular por ahí, creo que de repente te aburriste y decidiste que era tiempo de volver. 

—¡¿Cómo te atreves a insinuar tal cosa?! ¡Todo el mundo sabe que fueron los dioses los que confabularon en mi contra! 

—¡Oh, por el bendito Olimpo! ¡No uses la historia de los dioses contra mí! No soy una de tus hombres, dame un poco más de crédito. 

—Estoy escuchando bien, mi fiel esposa ¿Quieres robarme mi reino? ¡Zeus, no seas ridícula! 

El hombre, que zarpó para combatir en una guerra que comenzó por una insensatez de su prima, no la tomaba en serio. Y ese pensamiento enfureció a Penélope, porque seguía el mismo patrón que todos los hombres que alguna vez pasaron por su vida: desde su padre, hasta su suegro, los pocos granjeros que se quedaron en Ítaca, hasta su hijo y su marido. Todos y cada uno de ellos menospreciaban la inteligencia y la astucia de la reina de la isla, como si sobrevivir esas décadas hubiese sido concedido por el deseo de un dios. 

Con la elegancia que le fue inculcada desde niña, Penélope tomó una silla y con cuidado la colocó delante de su esposo. Al sentarse, juntó sus piernas, porque una de sus nanas le dijo una vez que solo las mujerzuelas no cerraban las piernas incluso sentadas. 

—¿Por qué sería ridículo, mi querido esposo? 

—Por obvias razones. Mi hijo vengará mi muerte y tomaría el control de Ítaca. Y en caso de que él no pudiese, ¿quién gobernará? ¿Tú? ¿Una mujer? El solo pensamiento de ese extraño plan tuyo es irrisorio. 

Dentro del pecho del rey burbujeó una risa burlona que trepó desde su pecho hasta escaparse en un estruendoso sonido a través de su boca. Su falta de respeto sacaba de quicio a Penélope. Cada pedazo de su carne se arremolinaba con la frustración de años. 

—¿Quién crees que ha protegido estas tierras en los últimos años? —Increpó—. He arañado la tierra con mis manos ensangrentadas, le he rogado a los dioses por misericordia, le di la bienvenida a los recién nacidos y despedí a los muertos al inframundo. ¡En los últimos veinte años he hecho más por Ítaca que tú y tus estúpidas batallas! 

—¡Sacrifiqué mi vida por mi reino! ¡Mi vida y la de mis hombres! ¡Tú eres solo una estúpida mujer que quiere la vida de un hombre! Trata de matarme y la rabia del mundo de los hombres caerá sobre ti; reyes de cada reino buscarán tu cabeza. 

—No te confundas, mi mentiroso esposo, no soy como ustedes. No necesito matar a nadie para probar mi valor. Solo quiero negociar, de una persona astuta a otra. Por una vez en tu vida, sé sincero contigo mismo, con los que te rodean. Sé sincero con la mujer que desposaste y que esperó por ti.

—No sé de qué estás hablando, mujer. 

—¡Oh, por Zeus! ¡Ya deja de fingir! Admite que no te fuiste a la guerra por esa estúpida promesa; te he visto salir airoso de asuntos más espinosos. Admite que te fuiste porque estabas aburrido, no querías ser un rey en una isla rocosa, no querías ser esposo, no querías ser padre. No querías las obligaciones mundanas de un mortal… querías ser el héroe, el hombre del que otros hombres hablan. 

—Nadie desea la guerra… 

—No dije que deseabas la guerra; dije que deseabas la libertad que esta te dio. Deseabas la pasión y el engaño, que el mundo te diera un reto. Deseabas la leyenda. 

—Te escucho y no reconozco a la mujer con la que me desposé. La que dijo que me amaba cuando dejé la isla. 

—Esa mujer murió el día que te marchaste. Lloré durante largas noches hasta quedarme dormida, hasta que un día yacía muerta bajo la necesidad de sobrevivir. 

Las emociones agotaban a la carne, le quitaban energías al cuerpo y por eso la pareja no se había percatado de que casi estaba amaneciendo. Discutir como dos adversarios al mismo nivel podría drenar a las personas más fuertes. 

—En el momento que ponga un pie fuera de la isla, estarás rodeada de buitres buscando quedarse con el trono —soltó el rey—. Nadie va a creer que estás a cargo, como ya dije, vendrán por tu cabeza, es algo que deberías entender, querida esposa. 

Una sonrisa cansada floreció en los labios de Penélope. Cuando crees que nadie es más astuto que tú, te convences de que puedes engañar hasta a las divinidades, y tus argumentos tienden a enredarse entre sí hasta asfixiarse. Algo parecido le pasaba a su esposo; se estaba asfixiando con sus propias creencias, las palabras que tanto usó para mentir a otros finalmente estaban nublando su juicio. 

—Mi querido, pero casi astuto esposo, pasaste los últimos años creando un personaje de mí, uno que yo no elegí. Llenaste cada rincón con tus historias llenas de valentía y sagacidad. Mientras todos palmaban tu espalda, les dijiste que yo no era más que una esposa fiel, leal y una madre amorosa que seguía esperando por su rey. 

De repente, el rey de Ítaca, quien peleó una larga guerra y engañó a reyes y entidades que todos veneraban, surcó peligrosas aguas, desafió la oscura hechicería y se defendió de manos gigantes, cayó en la cuenta de que incluso el más perspicaz de los hombres podía ser engañado. 

—No soy simplemente un personaje en tus historias. Soy quien reencarna la inocencia, la lealtad y el amor de una esposa y madre. ¿Realmente crees que alguien va a creer que   

la buena de Penélope engañó a su heroico esposo? ¿Realmente alguien allá afuera va a creer que el hombre más listo del mundo fue engañado por una mujer? 

En ese preciso momento, Penélope supo que había atrapado a su marido. Su red lo rodeaba completamente; no tenía escapatoria. Era como haber escalado el Olimpo y ver el mundo desde arriba. 

—Tal vez no sea mi prima, tal vez no se vayan a librar guerras por mí, tal vez no sea una sirena, una bruja o incluso una diosa. Pero sí soy la reina de Ítaca. 

Por un instante, Penélope contuvo el aliento mientras esperaba una respuesta no burlona y razonable por parte de su esposo. 

—¿Qué pasa con él? —preguntó él indicando al hijo de ambos, que continuaba profundamente dormido. 

Ella había evitado darle atención, no quería que su corazón de madre la traicionara, pero su hijo también era parte de su plan. Le daba miedo el camino que había decidido comenzar cuando mató a esas jóvenes y temía que se convirtiera en un ser oscuro que anda por el mundo usando la muerte como forma de argumento para sus peleas. 

—Toda su vida ha idolatrado a su padre, ha deseado ser como él. Pero mientras soñaba con seguir tus pasos, se convirtió en alguien de no fiar. Es hora de que seas el padre que nunca fuiste, mi querido esposo, es el momento de que pasen tiempo de calidad juntos, que le enseñes a ser un humano respetable. 

—¿En serio vas a quitarle el derecho de gobernar a tu hijo? 

—Oh, claro que no. Cuando esté listo, su reino lo estará esperando. 

—¿Y cómo sabrás cuándo estará listo si está lejos? 

Penélope solo le respondió con una sonrisa. Ella sabría cuando llegase ese día. Su plan era más intrincado y elaborado de lo que su esposo podría imaginarse, y abarcaba años, posiblemente décadas. 

El sol era una bola brillante y cálida en el cielo, las olas del mar se mecían con calma y la brisa surcaba entre los árboles como un suave canto de cuna. El día se asemejaba mucho al día en que zarpó muchos años atrás, como si estuviera reviviendo la misma acción por segunda vez; incluso el barco era casi una réplica exacta del que había tenido ese particular día. Lo único que era diferente eran las personas que lo acompañaban: su esposa ya no era una joven de piel tersa y lágrimas en los ojos, su hijo era casi un hombre y no había rostros

tristes, sino expectantes y extasiados, como si no pudieran esperar para verlo perderse en el horizonte azul. 

Parado allí en el muelle, con las manos atadas detrás de su espalda, los comensales del banquete, que también habían caído víctimas de un profundo sueño, estaban igual que él; incluso su hijo adoptó la misma postura, siendo él el único capaz de hablar, mientras los demás permanecían con las bocas tapadas por telas sucias pero ajustadas. 

Su una vez leal esposa tampoco estaba sola; otras mujeres y niños de la isla la acompañaban, al igual que un pequeño ejército que seguía a su general. A su lado, junto a su mujer, estaba esa sombra musculosa que todos llamaban Berenice, con una mirada fiera y resuelta, una mujer que no le temía a nada ni a nadie, ni siquiera a un rey como él. 

A lo lejos, notó acercarse a una muchacha de aspecto enfermizo, cojeando con una rama como bastón. Se abrió paso entre el grupo de aldeanos y, sin apuro, se colocó junto a quien ahora decía que gobernaría Ítaca. Notó que su esposa no rechazaba la presencia de esa joven; al contrario, intercambiaron sonrisas. Para él, esto solo demostraba cuán equivocada estaba ella; se codeaba con mujeres viejas, niños hambrientos y desamparados, todos aquellos que no merecían su atención. 

—Podría haber terminado de otra manera —soltó él con desprecio. 

Penélope esperaba esas palabras, esperaba que alguien que había sido marino intentara subirse a una balsa que no importaba que se estuviera hundiendo. Convencer a las personas estaba arraigado en su piel, era su segunda naturaleza. 

—Dame un momento, quiero decirle algo primero —dijo ella mirando a la diosa que vestía la piel de una indeseada aldeana. Dio un paso más cerca para estar a unas pocas pulgadas del rostro de su esposo—. Te amé, no puedes imaginar cuánto te amé, pero tuve que reconstruirme pieza a pieza para poder sobrevivir. Mientras te esperaba, aprendí a amar este rocoso lugar, aprendí a amar a estas personas... aprendí a amarme más a mí misma. 

La lágrima que descendía por la mejilla de Penélope fue la última que derramó por su marido, fue su último regalo para ambos, su último adiós. 

—Que tengas un buen viaje, mi querido esposo. Deseo que encuentres todas las aventuras que siempre quisiste y seas protagonista de las historias que has soñado. 

Cuando dio unos pasos para apartarse, vio a la diosa haciendo su trabajo, susurrándoles con perfecta armonía que serían protagonistas de un viaje infinito, que olvidarían su pasado y disfrutarían de su presente con el beneficio del anonimato. Por último, Penélope tocó el rostro de su hijo, mostrando el amor maternal que él decía que ella no tenía, pero que sí guardaba en su corazón. Su hijo tal vez nunca entendería que no era un castigo, sino una segunda oportunidad para convertirse en el hombre que ella sabía que podía ser.

Cuando vio el barco perderse en la inmensidad del mar con su esposo, la primera vez, era una niña ingenua, inmadura y algo sumisa a las palabras de otros. Ahora, algunos dirían que era una anciana mientras repetía la misma escena muchos años después, pero había una gran diferencia entre esa Penélope y la que permanecía con la mirada clavada en el horizonte. La primera lloró desconsolada, temiendo por su futuro; la segunda estaba aliviada y esperaba los días por venir con los brazos abiertos. 

—Que tengas un buen viaje, Odiseo —le susurró al viento marino, casi deseando que llegara a los oídos de él. 

FIN 





Epílogo. 


—¡Mi reina, hay un barco extraño acercándose! —exclamó Berenice con voz agitada al entrar al jardín donde Penélope tejía con las demás criadas. 

En un instante, la tranquila tarde se alteró y todas contuvieron el aliento. Durante meses, la vida había estado llena de calma y serenidad. Ningún hombre que intentara usurpar en trono de Ítaca desembarcó, ni siquiera ladrones o buscadores de problemas pusieron un pie; era como si la isla hubiera desaparecido del mundo para cualquiera con malas intenciones. 

—¿Crees que se trata de él, mi señora? —preguntó una vieja criada con temor. 

—No, ella nos prometió que tendríamos paz en nuestra tierra por décadas. Debe tratarse de otra persona —respondió la reina, regalando un poco de paz. 

Sin perder tiempo y seguida por Berenice y otras mujeres que habían sido entrenadas como soldados, Penélope se acercó a los acantilados para ver con más claridad al visitante inesperado. No le tomó mucho tiempo reconocer el cabello dorado que se escapaba a través del velo modesto pero elegante. Habían pasado incontables años desde la última vez que la vio, pero reconocería en cualquier lugar y a cualquier distancia a esa figura que seguía siendo la más hermosa del mundo conocida por los hombres. 

—No se preocupen —dijo Penélope con una sonrisa—. Conozco quién es ella, Berenice, pídeles a las niñas que preparen un baño caliente, comida y vino. Nuestra huésped viene agotada por el viaje, como si hubiera pasado por una larga y sangrienta guerra.




  


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