Penélope, reina de Ítaca
La costa embravecida, el rugido del viento y las nubes negras aplastan con su peso el cuerpo de la reina. Con rostro sombrío, sus lágrimas se habían secado hacía ya muchos años; dejó de ser una niña que se lanzaba en llantos durante la noche. Pronto descubrió que llorar no le dejaba nada. Era en vano. Pero si ella no lloraba por esas muchachas, ¿quién más lo haría? Cuando cerraba los ojos, aún podía ver sus delgadas piernas bambolearse con el horroroso sonido de la cuerda en sus cuellos. Sentía náuseas al recordar esa pesadilla. Les había fallado; ella era una reina, prometió proteger a todos allí, pero en el momento en que él y su hijo pusieron sus pies aventureros en la isla, rompió esa promesa. Era una reina, una reina sin poder. Los pasos de Berenice eran pesados, lo suficiente para que su reina la escuchara llegar. Se detuvo abruptamente y, a una respetuosa distancia, esperó su orden. Desde hacía tiempo le era fiel. Sin ella, sería nada más que una solterona que c...